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El viaje

2018

Partimos al amanecer, cuando el pueblo todavía dormía y las farolas se apagaban una a una, vencidas por una luz nueva, pálida, indecisa. El coche cargaba maletas, libros, una guitarra que nunca aprendí a tocar del todo y el peso específico de las despedidas que no dije en voz alta.

Tres días después, en una carretera del sur, entendí que no se viaja para llegar a ningún sitio. Se viaja para que la vida deje de tener la forma de la habitación donde siempre escribimos.

Volvimos distintos. No mejores ni peores: simplemente con más pliegues, con zonas que el mapa interior aún no ha terminado de dibujar.