Último tren
Eran las once y el andén estaba casi vacío. Una mujer leía una novela ajada, un chico con auriculares movía la cabeza al ritmo de algo que solo él escuchaba, y un señor mayor miraba las vías como si esperase a alguien que ya no iba a venir.
Subí al vagón de cola. La calefacción funcionaba a medias y el cristal tenía empañada la huella de algún viajero anterior. El tren arrancó con una sacudida suave, casi una disculpa.
Cuarenta minutos después, en una estación distinta, bajé sin prisa. Afuera llovía con la persistencia de las ciudades del norte. Levanté la cara, cerré el paraguas, y caminé hacia casa como quien cruza por primera vez una frontera.