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El encuentro

2003

No esperaba encontrarme con él en aquel andén. Hacía quince años que no nos veíamos, desde aquel verano en la costa, cuando todavía creíamos que el mundo era una promesa y no una cuenta pendiente. Lo reconocí por la forma de apoyar la mano en el bolso, por la manera en que miraba el reloj del muro, por una arruga concreta en la frente que el tiempo había profundizado sin piedad.

Nos miramos. Sonreímos. Nos abrazamos sin decirnos nada, como si el cuerpo supiera antes que la lengua que aquel encuentro era una casualidad disfrazada de otra cosa. Después hablamos de todo y de nada: de los años, de los muertos, de los que se habían ido sin avisar, de los libros que ya no recordábamos. Tomamos un café que se enfrió en las tazas. Nos despedimos prometiendo llamarnos, sabiendo que no lo haríamos.

Volví a casa pensando que algunas personas solo aparecen una vez en la vida, como las alineaciones de los planetas, y que la única forma honesta de quererlas es dejar que se vayan otra vez.