La casa de las luciérnagas
Mi abuela decía que las luciérnagas volvían cada verano al mismo lugar, porque reconocían la casa aunque la casa hubiera cambiado de pintura, de dueños, de cristales. Decía que había una sola casa en el pueblo donde las luciérnagas se detenían a conversar, y que esa casa era la nuestra. Yo, por entonces, le creía todo.
Volvimos al pueblo veinte años después. La casa seguía en pie, pero la pintura era gris en vez de blanca, y el balcón donde mi abuela ponía los geranios estaba vacío. Llamamos al timbre. Nos abrió una mujer que no habíamos visto nunca y que nos miró con esa desconfianza educada de la gente del norte.
Le expliqué quién había vivido allí. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, me dijo: “Es verdad. Esta es la casa de las luciérnagas. Vienen todos los veranos, puntuales, y a veces se quedan hasta octubre.” Me mostró el jardín. En una esquina, debajo de un limonero seco, parpadeaban tres o cuatro luces diminutas, casi imperceptibles, como letras de un alfabeto que solo mi abuela sabía leer.