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Niebla en la estación

2024

El tren llegó con cuarenta minutos de retraso y una disculpa automática por los altavoces. Afuera, la niebla había borrado los límites del andén: solo se distinguían tres metros de suelo mojado, la silueta del revisor y un perro callejero que nos miraba a todos con la superioridad paciente de quien ya ha visto este espectáculo muchas veces.

En el vagón, una niña preguntaba a su madre dónde terminaba la niebla. La madre, distraída, contestó que la niebla no terminaba, que la niebla solo se movía. La niña se quedó pensando un rato largo y luego dijo, con una seriedad que parecía heredada de alguien mucho mayor: “Entonces la niebla nunca llega a ningún sitio.”

El tren arrancó otra vez, muy despacio, como si también él tuviera algo que pensar. En la ventanilla empañada, alguien había escrito con el dedo: “ya casi”. No decía a dónde.